Adiós a otros Juegos Olímpicos. Y tal cual ha ocurrido desde siempre, miles de lamentos y mentadas se escucharon en el país ante los fracasos de los competidores aztecas en casi todas las disciplinas. La acusación directa va contra los directivos del deporte nacional, a quienes se les exigen cuentas y explicaciones sobre la paupérrima cosecha de medallas... como siempre.
Entre tantas críticas y denostaciones, análisis y debates, pan y circo, lo que nos queda claro es lo que vemos a diario: en México el deporte de alto rendimiento es una payasada que cuesta demasiado dinero y no produce ninguna utilidad pública ni genera beneficios a la sociedad que lo subsidia.
Todos sabemos lo anterior, pero lo curioso es que nadie pide un cambio de prioridades. Así que lo haremos desde esta tribuna (a ver si Felipe Calderón nos hace caso): Dejemos el deporte de élite para cuando nos podamos dar ese gusto, y mejor invirtamos el poco dinero que destinamos al rubro deportivo, precisamente en eso, en generar una verdadera afición por el deporte y mejorar así la salud de la raza de bronce.
No se requiere una operación mental muy complicada para entender que nunca –NUNCA– podremos enfrentar a Estados Unidos o China en el cuadro de medallas. Es cuestión de diferencias económicas. Pero lo importante no es dicha perogrullada, sino preguntarnos… ¿y en todo caso, para qué queremos ganarles en las Olimpiadas, qué beneficio nos traería ser los primeros?.
Seamos realistas: no hay ningún beneficio, o éste es mínimo… A ver, ¿qué ganamos los demás mexicanos con la medalla de oro del taekoandoín Guillermo Pérez? Nada, que se sepa. ¿Orgullo? Mmhh… pues sí, pero eso es muy subjetivo. Triunfó él, y nos da mucho gusto, pero el resto de la población vivirá igual de bien o mal que si hubiera ocupado el lugar 20 de la competencia.
Y así como decimos esto del medallista, con más ganas de todos los demás deportistas de alto rendimiento que fueron a Pekín. De los federativos y otros zánganos que acudieron a pasearse con nuestros impuestos, mejor nos callamos. Sólo apuntamos a un hecho irrefutable: a México no le sirve de nada ganar una, ninguna o muchas medallas.
Las Olimpiadas se han utilizado , desde hace décadas, como un instrumento de difusión ideológica y de dominio político. Ignoramos si en la antigua Grecia también ocurría, pero en la época moderna vaya que hemos visto a los poderosos manipular el espíritu deportivo con fines deleznables.
Se dice que Hitler se empeñó en hacer de las Juegos Olímpicos de Berlín un foro para mostrarle al mundo la supremacía de la raza aria, lo cual no consiguió porque, simbólicamente, fue derrotado por Jesse Owens, un velocista negro de Estados Unidos.
En fechas más recientes, los gringos y soviéticos se enfrascaron en disputas absurdas de índole político y terminaron boicoteándose uno al otro en los Olímpicos de Moscú y de Los Ángeles.
En Pekín, donde el país anfitrión desbancó a Estados Unidos de su tradicional primer puesto en
el medallero, el gobierno chino cumplió su objetivo: enviar un mensaje al resto del mundo avisando que no aceptará ser un competidor secundario en nada, ni en los negocios ni en lo militar, y ni siquiera en los deportes.
Entonces, sabiendo que los Juegos Olímpicos son un montaje para dirimir esta clase de traumas de algunos gobernantes, ¿por qué participamos los mexicanos? Si le agregamos el mercantilismo voraz que rodea a todo el teatrito del deporte… ¿a qué demonios vamos? Y si además (casi) siempre perdemos, ¿qué hacemos allí?
La incongruencia mayor de Estados Unidos, campeón eterno de las Olimpiadas hasta que China lo derrotó, es que también ha ocupado desde hace muchos años el primer lugar mundial en obesidad de la población.
Es decir, la excelencia en el deporte de alto rendimiento de un país no significa salud en sus habitantes. Estados Unidos invierte demasiado dinero en entrenar a robots humanos, pero descuida la educación deportiva y nutricional en la gente que se dedica a otras cosas.
La población mexicana también padece los efectos de una terrible cultura nutricional y sufre la ausencia de programas de educación física. Atender esta problemática que afecta a millones de personas debería ser la prioridad de nuestras autoridades.
Si se proporcionan los medios para que el deporte se convierta de verdad en una actividad cotidiana, si se educa bien a las nuevas generaciones sobre temas de alimentación y salud, los mexicanos ganaremos más que si algún superdotado tricolor obtiene 10 medallas de oro.
Artículo tomado en su totalidad de : http://www.larocka.info/
Entre tantas críticas y denostaciones, análisis y debates, pan y circo, lo que nos queda claro es lo que vemos a diario: en México el deporte de alto rendimiento es una payasada que cuesta demasiado dinero y no produce ninguna utilidad pública ni genera beneficios a la sociedad que lo subsidia.
Todos sabemos lo anterior, pero lo curioso es que nadie pide un cambio de prioridades. Así que lo haremos desde esta tribuna (a ver si Felipe Calderón nos hace caso): Dejemos el deporte de élite para cuando nos podamos dar ese gusto, y mejor invirtamos el poco dinero que destinamos al rubro deportivo, precisamente en eso, en generar una verdadera afición por el deporte y mejorar así la salud de la raza de bronce.
No se requiere una operación mental muy complicada para entender que nunca –NUNCA– podremos enfrentar a Estados Unidos o China en el cuadro de medallas. Es cuestión de diferencias económicas. Pero lo importante no es dicha perogrullada, sino preguntarnos… ¿y en todo caso, para qué queremos ganarles en las Olimpiadas, qué beneficio nos traería ser los primeros?.
Seamos realistas: no hay ningún beneficio, o éste es mínimo… A ver, ¿qué ganamos los demás mexicanos con la medalla de oro del taekoandoín Guillermo Pérez? Nada, que se sepa. ¿Orgullo? Mmhh… pues sí, pero eso es muy subjetivo. Triunfó él, y nos da mucho gusto, pero el resto de la población vivirá igual de bien o mal que si hubiera ocupado el lugar 20 de la competencia.
Y así como decimos esto del medallista, con más ganas de todos los demás deportistas de alto rendimiento que fueron a Pekín. De los federativos y otros zánganos que acudieron a pasearse con nuestros impuestos, mejor nos callamos. Sólo apuntamos a un hecho irrefutable: a México no le sirve de nada ganar una, ninguna o muchas medallas.
Las Olimpiadas se han utilizado , desde hace décadas, como un instrumento de difusión ideológica y de dominio político. Ignoramos si en la antigua Grecia también ocurría, pero en la época moderna vaya que hemos visto a los poderosos manipular el espíritu deportivo con fines deleznables.
Se dice que Hitler se empeñó en hacer de las Juegos Olímpicos de Berlín un foro para mostrarle al mundo la supremacía de la raza aria, lo cual no consiguió porque, simbólicamente, fue derrotado por Jesse Owens, un velocista negro de Estados Unidos.
En fechas más recientes, los gringos y soviéticos se enfrascaron en disputas absurdas de índole político y terminaron boicoteándose uno al otro en los Olímpicos de Moscú y de Los Ángeles.
En Pekín, donde el país anfitrión desbancó a Estados Unidos de su tradicional primer puesto en
el medallero, el gobierno chino cumplió su objetivo: enviar un mensaje al resto del mundo avisando que no aceptará ser un competidor secundario en nada, ni en los negocios ni en lo militar, y ni siquiera en los deportes.
Entonces, sabiendo que los Juegos Olímpicos son un montaje para dirimir esta clase de traumas de algunos gobernantes, ¿por qué participamos los mexicanos? Si le agregamos el mercantilismo voraz que rodea a todo el teatrito del deporte… ¿a qué demonios vamos? Y si además (casi) siempre perdemos, ¿qué hacemos allí?
La incongruencia mayor de Estados Unidos, campeón eterno de las Olimpiadas hasta que China lo derrotó, es que también ha ocupado desde hace muchos años el primer lugar mundial en obesidad de la población.
Es decir, la excelencia en el deporte de alto rendimiento de un país no significa salud en sus habitantes. Estados Unidos invierte demasiado dinero en entrenar a robots humanos, pero descuida la educación deportiva y nutricional en la gente que se dedica a otras cosas.
La población mexicana también padece los efectos de una terrible cultura nutricional y sufre la ausencia de programas de educación física. Atender esta problemática que afecta a millones de personas debería ser la prioridad de nuestras autoridades.
Si se proporcionan los medios para que el deporte se convierta de verdad en una actividad cotidiana, si se educa bien a las nuevas generaciones sobre temas de alimentación y salud, los mexicanos ganaremos más que si algún superdotado tricolor obtiene 10 medallas de oro.
Artículo tomado en su totalidad de : http://www.larocka.info/
Comentarios
Aquí no nos medimos únicamente en la cuestión política que si bien es la que provee de los recursos monetarios para fomentar el deporte y hacer lucir al país dentro de una contienda mundial :s. Aquí estamos también midiendo la cultura en torno a otros parámetros y me refiero a la disciplina arraigada a la forma de entrenar de los atletas (las horas de entrenamiento, las condiciones, etc.).
Por mi parte invito a todos a ver las olimpiadas cómo lo que desearíamos que fuera: una contienda meramente competitiva sin tintes políticos, donde encontramos tanto a hombres como mujeres intentando llegar hasta el límite de sus capacidades en lo que se convierte a veces en una contienda contra uno mismo :)
byeee besos superficiales desde el cielo (o sea, hollywood)
Danny sta B!Tchh!!****